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Manuel Ugarte

Carta abierta al presidente de los Estados Unidos

A las puertas de una nueva presidencia y de un nuevo régimen que anuncia propósitos de justicia reparadora, vengo hoy a decir toda la verdad a un gran hombre y a un gran pueblo.  Los gobernantes están a veces alejados de la opinión general por grupos interesados en influenciarlos para satisfacer sus intereses de dominación o de negocio; y es menester que suba hasta ellos, para establecer el equilibrio, la voz de los que, sin ambiciones de dinero o de poder, sólo persiguen la equidad superior, que es el tesoro más alto de los siglos.

Ha llegado señor, la hora de hacer justicia en el Nuevo Mundo; justicia para ciertas repúblicas hispanoamericanas, que desde hace muchos años sufren un odioso tratamiento; y justicia para los Estados Unidos, cuyas tradiciones están palideciendo al contacto de una política que no puede representar las aspiraciones de los descendientes de Lincoln y de Washington.

Acabo de recorrer toda la América española; he observado con detenimiento la situación del continente; y como conozco la sensatez del pueblo americano, como sé el respeto que tiene por los principios, abrigo la certidumbre de que para que cese la injusticia que nos agobia, me bastará con denunciarla.


Durante largos años, los Estados Unidos, que realizan dentro de sus fronteras la más alta expresión de la libertad en nuestro siglo, han estado defendiendo en nuestra América un espíritu que es la contradicción y la antítesis de sus principios y de sus leyes.  Los particulares y las compañías financieras de esa nación, parecen haber venido a algunos territorios, especialmente a la América Central y a las costas del Caribe, para falsear los principios del derecho civil, y para violar los preceptos del derecho internacional, llegando, a veces, hasta olvidar las reglas más elementales.  Ciertas repúblicas van resultando un campo abierto a los malos instintos que no pueden manifestarse en los Estados de la Unión, combatidos como están por las responsabilidades y por la opinión pública.  Faltar a la palabra empeñada, burlar los contratos, amenazar, despojar a los individuos, introducir contrabandos, sobornar a las autoridades, empujar el desorden, han sido, según los casos, en varias de estas comarcas, cosas familiares para los que, por pertenecer a una gran nación, debían tener concepciones más altas de la responsabilidad individual.


Los gobiernos locales, a veces timoratos, no se han atrevido en la mayor parte de las circunstancias a perseguir los delincuentes, amedrentados como están por el volumen de la América anglosajona o ligados como se hallan algunos por compromisos inconfesables; pero como consecuencia de tales procedimientos, los Estados Unidos se han convertido gradualmente en la nación más impopular entre nosotros.  " hostilidad cunde entre las masas y en algunas regiones el cuidado norteamericano tiene que recurrir frecuentemente a la estratagema de ocultar su nacionalidad y de hacerse pasar por inglés, para escapar a la mala voluntad que le circunda.

Nuestros pueblos son hospitalarios y generosos, señor presidente; en ellos existen innumerables compañías francesas, alemanas, inglesas, belgas, y para todos los negociantes respetuosos de nuestras costumbres tenemos siempre la mano fraternalmente extendida.  El hecho de que la hostilidad esté localizada contra el norteamericano, prueba que no se trata de una antipatía irrazonada y general hacia el extranjero, sino de un movimiento de reacción directa contra procedimientos especiales de que somos víctimas.En los Estados Unidos no se saben estas cosas; y yo tengo la certidumbre de que cuando la situación sea conocida, levantará mayor oleaje de reprobación que entre nosotros.

Ustedes representan una civilización que nació de una selección; que sustituyó, como punto de partida, el derecho moral a la fuerza bruta; que floreció al calor de nuestros ideales, como una reacción contra los viejos errores del mundo; y no sería lógico que cometieran con nosotros atentados tan dolorosos como los que Europa ha cometido en Asia o en África, porque al obrar así declararían que sus más grandes próceres se equivocaron al pretender fundar una nueva nación sobre la justicia, y proclamarían las bancarrota del perfeccionamiento humano y de la voluntad de Dios.


Los hombres que violentan el sentir del país extranjero en que actúan; las empresas constructoras que aprovechan las franquicias que les concede un contrato para inundar fraudulentamente el mercado de productos diversos, perjudicando así a los comerciantes e importadores; y los contratistas que, para no pagar los salarios atrasados a sus obreros, los intimidan y los persiguen, no pueden seguir pasando por los representantes del genio y de la civilización que trajeron al Nuevo Mundo los inmortales puritanos.


Así se ha abierto entre la América Latina y la América anglosajona una era de desconfianza que será perjudicial para todos.  Los que ven con calma el conjunto de las cosas, saben que lo que ocurre es obra de individualidades aisladas.  Un gran país penetrado de su alta misión histórica, no puede ser responsable de estas duplicidades.  Si un pueblo que ha subido tan alto empleara bajos procedimientos, se suicidaría ante la historia; y no es posible que una gran fuerza renovadora del mundo y de la vida se atrofie y se anule antes de haber cumplido su misión.  Pero los espíritus simplistas, que sólo juzgan por lo que observan en tomo, empiezan a creer que los Estados Unidos tienen nociones diferentes de la justicia: una para ofrecerla a sus compatriotas y otra para aplicarla a los extranjeros; y que alimentan dos morales: una para el consumo nacional y otra para la exportación.

A
demás, nos sorprende y nos inquieta en la América Latina el apoyo demasiado visible que a estos hombres (que a menudo no han nacido en Norteamérica, o que se han naturalizado con el único fin de hacerse proteger) les prestan siempre los representantes oficiales de los Esta dos Unidos.  Basta que uno de ellos se diga perjudicado e sus intereses, para que los cónsules y los ministros lo sostengan, y hasta para que sean requeridos los barcos y los soldados, sin averiguar antes los fundamentos de la queja, ni inquirir las razones que asisten a los unos y a los otros.  Bien sé que como todos los grandes pueblos tienen el deber de proteger la vida y la hacienda de sus nacionales en el extranjero, pero por encima de ese deber está un sentimiento de equidad suprema que prohíbe apoyar la injusticia, y una altivez superior que impide hacer cómplice a la nación de los errores que cometen algunos de sus hijos.

El censurable expansionismo político, que ha acompañado en estos últimos tiempos la legítima influencia comercial de los Estados Unidos, se ha valido a menudo de estos elementos para hacer surgir pretextos de avance o de intervención, como se ha servido también de la debilidad de ciertos gobernantes hispanoamericanos (o de la impaciencia de los que aspiraban a suplantarlos en el poder) para obtener en algunas repúblicas concesiones y ventajas que perjudican a los naturales o comprometen la autonomía del país.

El sistema ha podido favorecer momentáneamente el desarrollo de los negocios, la prosperidad de determinados grupos financieros o el empuje autoritario del pueblo protector; pero la respetabilidad de los Estados Unidos ha sufrido quizá tan rudo golpe como la independencia de esas repúblicas, porque al tomar nacionalmente la responsabilidad de los atentados cometidos por los particulares, al fomentar las malas pasiones, al abusar de su grandeza, los Estados Unidos se han disminuido ante nuestros ojos y han aparecido con fuerza de corrupción, y no como punto de apoyo que nos ayude a perfeccionarnos.

La América del Norte tiene muchos millones de habitantes y la política expansionista sólo favorece a ínfima parte de ellos; en cambio, la reprobación por los actos cometidos alcanza a la colectividad entera, y resulta que lo que ganan en dinero algunos particulares, lo pierde en prestigio la enseña nacional.  Antes os suponíamos fuerte y justos; ahora empezamos a creer que sólo sois fuertes. Y es por eso que se levanta la opinión, es por eso que hay una resistencia visible para confiar nuevos trabajos a las empresas de vuestro país.  Tememos que se esconda en cada proposición un nuevo engaño.  Además, la fuerza no basta para seducir y atraer a los pueblos, si no viene acompañada por la influencia moral.

Todo esto es lamentable, señor presidente. Los Estados Unidos pueden ser cada vez más grandes por su comercio y por la irradiación de su espíritu, sin humillar a nuestras nacionalidades, sin envenenar las luchas políticas o las rivalidades entre las repúblicas, sin perjudicarse ellos mismos. Al difundir de nuevo la confianza, harían renacer la corriente de fraternidad que en otros tiempos existió entre las dos Américas.

Por eso es que en estos momentos difíciles para el porvenir del Nuevo Mundo, en estos instantes históricos que pueden dar lugar a nuevas orientaciones de consecuencias incalculables, dejando de lado los agravios viejos y las cóleras justificadas, venimos, francamente, confiados en la nobleza del pueblo norteamericano, a hacer un llamamiento supremo a la justicia.  La América Latina es solidaria; tenemos la homogeneidad que nos dan el pasado, la lengua, la religión, los destinos; por encima de nuestros patriotismos locales cultivamos un patriotismo superior; y aun aquellas regiones que están lejos de sentir el peso de tan duros procedimientos, se hallan impresionadas, más que por la amenaza material, por la injuria moral que ellos envuelven.

Deseamos que a Cuba se le quite el peso doloroso de la enmienda Platt; deseamos que se devuelva a Nicaragua la posibilidad de disponer de su suerte, dejando que el pueblo deponga, si lo juzga menester, a los que lo gobiernan apoyados en un ejército extranjero; deseamos que se resuelva la situación de Puerto Rico de acuerdo con el derecho y la humanidad; deseamos que se repare en los posible la injusticia cometida en Colombia; deseamos que a Panamá, que hoy sufre las consecuencias de un pasajero extravío, se le conceda la dignidad de nación; deseamos que cese la presión que se ejerce en el puerto de Guayaquil; deseamos que se respete el archipiélago de Galápagos; deseamos que se conceda la libertad al heroico pueblo filipino; deseamos que México no vea siempre suspendida sobre su bandera la espada de Damocles de la intervención; deseamos que los desórdenes del Putumayo no sirvan de pretexto para habilidades diplomáticas; deseamos que las compañías que extralimitan su acción no se sientan apoyadas en sus injustas exigencias; deseamos que la República de Santo Domingo no sea ahogada por presiones injustificables; deseamos que los Estados Unidos se abstengan de intervenir oficiosamente en la política interior de nuestros países y que no continúen haciendo adquisiciones de puertos o bahías en el continente; deseamos que las medidas de sanidad no sir-van para disminuir la autonomía de las naciones del Pacífico; pedimos igualdad, pedimos respeto; pedimos, en fin, que la bandera estrellada no se convierta en símbolo de opresión en el Nuevo Mundo.

No es posible que se diga, señor presidente, que los norteamericanos han abandonado la coerción y los castigos corporales en la educación pública para emplear esos recursos atrasados en la educación política de nuestras nacionalidades; no es posible que vuestros ministros tengan en nuestras pequeñas ciudades la misión especial de amenazar; no es posible que los hombres         pusilánimes que gobiernan en algunas débiles repúblicas sientan constantemente sobre sus espaldas el látigo del amo; no es posible que resulte que habiendo abolido en el siglo XIX la esclavitud para los hombres, la dejéis restablecer en el siglo XX para los pueblos.

No quiero insistir sobre el asunto, ni citar casos concretos, porque ésta no es una caria de lucha, sino un gesto de conciliación; pero nuestra América tiene grandes heridas abiertas que es necesario no enconar.  Hemos sufrido mucho. Lo que sube ahora es un clamor de pueblos que no quieren desaparecer. Si se probara, como algunos dicen, que los Estados Unidos ceden al ensancharse a una necesidad superior, que es independiente de su deseo, nosotros tendríamos que obedecer, al defendernos, al legítimo instinto de perdurar.  No ignoro que vosotros sois fuertes y que podríais ahogar muchas rebeliones, pero insisto en que por encima de la fuerza material está la fuerza moral.  Un boxeador puede abofetear al niño que regresa de la escuela, y el niño no logra evitar ni devolver los golpes.  Pero esto no establece un derecho, ni asegura la impunidad del agresor.  Hay un poder supremo que se llama la reprobación general; y así como los niños están defendidos en las calles contra los atletas por la opinión pública, los pueblos están defendidos en la historia por la justicia suprema y por los principios superiores de humanidad.

Nosotros queremos y respetamos a los Estados Unidos, admiramos a ese gran país que debe servirnos de modelo en muchas cosas, deseamos colaborar con él en la obra de descubrir y valorar las riquezas del continente; y es para evitar el distanciamiento y los conflictos que de seguro brotarían mañana, dado el insostenible estado de cosas, que nos presentamos lealmente, sin orgullo y sin humildad, conscientes de nuestro derecho, ante el hombre que por la voluntad popular ha sido puesto al frente de una gran nación.  No pedimos favores; reivindicamos lo que es nuestro, lo que conquistaron nuestro padres, lo que todos los pueblos están dispuestos a defender en cualquier forma: el honor y la dignidad.  No queremos que la doctrina de Monroe, mal interpretada, sirva para crear en América en beneficio de los Estados Unidos, ni en beneficio de nadie, nuevos Egiptos y nuevos Marruecos.

No admitimos que nuestros países vayan desapareciendo uno tras otro.  Tenemos confianza en nuestro porvenir.  La mejor prueba de que la América Latina no está incapacitada para la vida autónoma, es la prosperidad sorprendente de algunas repúblicas del sur, casualmente aquellas que por su volumen y sus relaciones con Europa se hallan a cubierto de una decisiva influencia norteamericana. Para que las regiones que hoy atraviesan dolorosa crisis entren, a su vez, en una era análoga, es necesario, señor presidente, que las compañías financieras del norte se abstengan de complicar nuestros asuntos, que los sindicatos de Nueva York y de Nueva Orleans renuncien a favorecer revoluciones y que los Estados Unidos reanuden noblemente la obra de acercamiento y de fraternidad que tan buenos resultados nos diera en los primeros años a los unos y a los otros.

Los hispanoamericanos han tomado conciencia de sus destinos; las querellas locales, por agrias que sean, no bastan para hacerles perder de vista sus intereses superiores; los países más sólidos, que ya han alcanzado próspera estabilidad, empiezan a sentir las responsabilidades históricas que sobre ellos pesan; y hay un movimiento visible, una agitación grave que no puede pasar inadvertida.  Vuestra presidencia, señor, marcará un gran momento de la política universal si, de acuerdo con la situación, dais fin a la táctica absorbente para volver a la sana tradición de los orígenes.  La América sólo estará unida, la América sólo será realmente «para los americanos», dando a esta palabra su amplia significación, cuando en el norte se tenga en cuenta que existen dos variedades de americanos, y cuando, sin vanas tentativas de preeminencia, con escrupulosa equidad, se desarrollen independientemente los dos grupos en una atmósfera deferente y cordial.

Repito que hay una gran ansiedad en América, señor presidente.  El continente entero está pendiente de vuestros actos.  Si la política cambia, la campaña que hemos emprendido cesará al instante y volveremos a ser los más entusiastas partidarios de esa gran nación.  Si no cambia, surgirá una nueva causa de discordia entre los hombres y arreciará la agitación perjudicial para vuestro comercio, porque seguiremos defendiendo' cada vez con mayor energía, nuestros territorios, como vosotros, colocados en parecida situación, hubierais defendido los vuestros, seguros de cumplir con un deber y de contar con las simpatías del mundo.*

*La Patria Grande, 1922.