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Manuel Ugarte

Estados Unidos y nosotros

De dónde sacarían los Estados Unidos la eficacia de su acción, la fuerza de sus penetraciones, el éxito inagotable de su perpetua intriga, sino de la avidez de nuestros hombres de negocios, de la ambición subalterna de nuestros políticos, de la falta de conciencia superior de los pequeños grupos nacionales, de las discusiones entre las repúblicas hermanas, de nuestro caos social, en fin, donde todos dentro de la ciudad aspiran a gobernar, donde todas las regiones dentro de la nación se disputan la primacía, donde todas las naciones dentro de la América hispana se despedazan en la inconsciencia de un delirio fratricida que nos lleva a abrir las puertas al enemigo de afuera para saciar rencores, apetitos o represalias en detrimento del hermano.*

*El porvenir de la América española, 1910.

Los Estados Unidos han hecho y seguirán haciendo lo que todos los pueblos fuertes en la historia, y nada es más ineficaz que los argumentos que contra esa política se emplean en la América Latina.  En asuntos internacionales, invocar la ética es casi siempre confesar una derrota.  Las lamentaciones, a menos de que sean recogidas por otro poderoso que aspira a usufructuarias, no han pesado nunca en el gobierno del mundo.  No hay que decir: «eso está mal hecho», hay que colocarse en la situación de que «eso no se puede hacer»; y para conseguirlo, es inútil invocar el derecho, la moral y razonamiento, como recurrir al apóstrofe, la imprecación o las lágrimas. Pueblos que esperan su vida o su porvenir de una abstracción legal o de la voluntad de otros, son de antemano pueblos sacrificados. Es de la propia entraña de donde hay que sacar los elementos de la vida; de la previsión para ver los peligros, de la fortaleza para encarar las dificultades, del estoicismo para conjurar los fracasos, de todo lo que surge de la vigilancia vivificadora del propio organismo, ocupado, antes que nada, en respirar. Cuando cesa la autodefensa de los hombres y de los pueblos, cesa la palpitación misma que los mantiene dentro de la naturaleza o de la historia.

Odiar a los Estados Unidos, es un sentimiento inferior que a nada conduce. Despreciarlos, es una insensatez aldeana. Lo que debemos cultivar es el amor a nosotros mismos, la inquietud de nuestra propia existencia.*

* El destino de un continente,  1923.